.

13 de noviembre de 2010

Mi Camino de Santiago (VIII) - 30 kilómetros en 11 horas


Dicen todos los manuales y libros de información del camino que la etapa que une Palas de Rei y Arzúa se puede considerar una de las más duras que hay en el camino, es una etapa rompepiernas y así la consideraba pero teniendo en cuenta que el tiempo iba a ser agradable y que uno no tiene prisa por llegar a su destino posiblemente gracias a la previsión de haber cerrado cama en Casa Carballeira pues me la tomo con toda la calma del mundo sabiendo que este recorrido puede ponerme en mi sitio como peregrino.

Al poco de salir de Palas de Rei en dirección a Carballal y San Xulián el paisaje de las últimas aldeas lucences deja un conjunto de casas y hórreos centenarios que con las primeras luces de la mañana son imágenes difícilmente de olvidar.

Las calles mojadas de una alfombra de rocío van dando paso como casi sin esperarlo a entradas a veredas de bosques repletas de eucaliptos que dejan entrever entre sus troncos y ramas los rayos de un sol que será protagonista durante toda la etapa.

Por allí Alexis y Ana bebiendo agua y nuevo consejo.

"Antonio hay que beber agua cada hora para evitar la tendinitis, no lo olvides."

Durante la ruta de hoy atravesamos el límite entre las provincias de Lugo y La Coruña a la altura de O Coto y antes de llegar a Laboreiro preciosa aldea gallega que atravesamos por su calzada de piedra de pizarra gastada por el trasiego de peregrinos y donde una obligada parada en la Iglesia de Santa María puede servir de descanso antes de iniciar el tramo de más de cinco kilómetros que nos llevan hasta Mellide.

En ese tramo aldeas con mujeres labriegas, coladas tendidas aprovechando el sol que hoy luce, alguna pareja de la guardia civil a caballo y un hecho muy singular. De entre las múltiples frases que uno va viendo escritas en los mojones y monolitos del camino hay una que adquiere un significado especial en mi camino y que a partir de esta etapa va apareciendo cada cierto lugar con cierta insistencia.

“LAURA SIEMPRE”.

¿Casualidad?

Mellide es el punto intermedio de la etapa y capital del pulpo galego donde todos lo peregrinos suelen pararse a degustar el maravilloso pulpo que allí se sirve. En Mellide se cruzan dos caminos el Francés por el que yo discurro y el Primitivo que viene de tierras ovetenses, con lo cual esta localidad es un punto no solo de paso sino también de alojamiento entre los distintos caminantes que realizan la ruta jacobea.

Allí me paro en la pulpería más conocida, no se si la mejor, Ezequiel y entre bancos y gente me siento y comparto mesa con dos chicas gallegas, una onubense, una madrileña y otra malagueña con la que he coincidido en más de un tramo del camino, buena compañía, especialmente la malagueña, esta chica transmite algo especial.

En la mesa de al lado toda la peña de Madrid, Tomás de Badajoz, otras chicas, etc… comiendo pulpo y bebiendo ribeiro a más no poder menuda será la pasta que se van a dejar en la susodicha pulpería.

Allí estuve pues como hora y media entre chácharas y esperando a que el pulpo terminase de coger la ternura necesaria para poder degustarlo e impaciente por saber si este famoso pulpo de Mellide mejoraría a ese que probé días antes.

Y un carallo lo mejora, no estaba malo ni mucho menos, pero para nada mejora aquel manjar que probé bajo aquella carpa en Sarria.

Han pasado ya más de cinco horas desde que arranqué antes de las siete de la mañana y tras un par de botellas de ribeiro compartidas con mis compañeras de mesa decido reiniciar la marcha pero se me acerca la señora camarera de la pulpería y pensando en voz alta se dirige a la mesa diciendo:

“Pues me parece a mi que la gente de esa mesa se han ido sin pagar”

A lo que yo contesto que no puede ser que son gente con las que compartimos el camino y parecen formales y que tiene que haber un malentendido que no creo que eso haya ocurrido.

Pero la señora no muy convencida pregunta a sus compañeras de salón y allí no había cobrado ni Cristo. La mesa con no menos de tres botellas de ribeiro, alguna jarra de cerveza, latas de coca-cola y aquarius, que se vieran al menos dos o tres tablas de pulpo y allí no cobró ni el apuntador.

Pero yo en un gesto de lealtad con mis amigos peregrinos vuelvo a dar la cara por ellos y digo que debe tratarse de un error, la gallega me mira como diciendo: ¿un error?

Días después pudieron aclararme lo sucedido y es cierto… hicieron un SINPA.

Sus motivos tuvieron, como media hora pidiendo la cuenta y allí nadie se acercaba a cobrar. Pues entonces, a la de una, a la de dos y a la de tres.

Se les olvidaron unos bastones y hasta volvieron por ellos, vaya cara, ya me lo dijo mi padre: No te fíes de ningún peregrino por mucho que creas, que en el camino siempre ha habido truhanes, maleantes y pillos que comen, beben y duermen a costa de los demás y amparados en el espíritu jacobeo.

Gracias papá por el consejo pero yo hubiese hecho lo mismo, hasta volver por los bastones.

Pero no todo es pillaje y desparpajo también hay lugares antes de llegar a Mellide donde puestos ambulantes te ofrecen agua gratis o tenderetes donde puedes servirte una pieza de manzana a cambio de la voluntad si lo estimas oportuno.

La ruta sigue atravesando la villa por la plaza do Convento, sello de credencial y salida del pueblo a la altura de la Iglesia de Santa María de Mellide y allí en un intento de enfocar mi cámara de la mejor manera para sacar la instantánea del templo me caigo de espaldas en una pequeña zanja del camino que me pone de barro hasta las orejas.

Afortunadamente no me sucede nada pero sirvo de muñeco de la risa del respetable que por allí transita.

Siempre fui un poco patoso.

Camino de Boente y un poco desfallecido por los kilómetros andados y sin agua, a mi paso por Parabispo veo como dentro de una casa una señora riega sus arriates llenos de rosales y le pido el favor de dejarme pasar para beber algo. Como no podía ser de otra manera la mujer me dice que abra la cancela de su casa y pone a mi disposición la pila de agua de su patio, me refresco y lleno mi cantimplora mientras un gato es vigía de mi acto sin quitarme su felina mirada de encima. Doy las gracias a la señora y continúo en busca de la bendición del padre Andrés en la Iglesia de Santiago de Boente.

Otro recuerdo imborrable a mi llegada a Boente, allí en la iglesia que Don Andrés Guerreiro pastorea un cartel indica que en ese lugar se pone sello a la credencial y entrando por la sacristía el cura tiene un tinglado montado de manera que según la nacionalidad que seas te entrega una estampa con una oración a Santiago en tu idioma original, en la mesa junto a los montones de estampas una lata con el letrero “DONATIVOS”, raro es él que no deja algo de chatarrilla, luego el cura te invita a pasar al interior de la parroquia para darte la bendición.

Una vez dentro de la parroquia y cuando el aforo es más o menos el adecuado, el padre Andrés pasa, se coloca delante del altar, alza la mirada observando si la mayoría del respetable es de nacionalidad española o no, en mi caso solo éramos un par de españoles, saca del bolsillo de su obsoleta chaqueta una pequeña agenda y procede a dar la bendición mientras se santigua:

INDE NEIN ONDE FADER, ONDE SON, ONDE JOLI ESPIRI…

Y así con ese dialecto da una característica bendición a todos los presentes que a los dos españolitos que por allí andábamos sentados en la primera fila de la parroquia nos provoca una risa contagiosa que no podíamos aguantar conforme la bendición iba avanzando en ese ingles profundo de las montañas.

En el momento de marcharme aparecen por allí, de nuevo, Claudia y José Antonio, algo cansados y especialmente Claudia muy perjudicada con las ampollas en sus pies. Decidimos esperar y continuar juntos el resto del camino al menos hasta Ribadiso donde ellos tenían pensado pasar la noche.

Han pasado las tres de la tarde y apenas son veinte los kilómetros caminados, la cosa hoy va lenta y con calma.

A poco de llegar al albergue de Ribadiso decidimos parar en el Bar Manuel para comer algo antes de emprender el último tramo de la etapa y sentado en una mesa veo como unos amigos degustan unos gigantescos bocatas que responden al nombre de “trifásicos” compuesto por filetes de pollo, queso y bacon.

Sin mediar palabra entro en el bar y me lo pido con la mala noticia de que ya no le quedan, mi gozo en un pozo, pero cojo la carta y de todo lo posible me pido un “pepito de ternera” y claro yo esperaba un pepito que en mi tierra es un bollo de pan pequeño, pues resulta que el pepito era media barra de pan con al menos tres filetes de ternera.

Menudo pepito, menuda ternera y menudo tomate el que le puso cuando se lo pedí que hasta fue a una bolsa que había recogido minutos antes de una huerta que tienen detrás del bar.

Pues con el pepito de ternera atravesando mi cuerpo continuo hasta Arzúa parando antes por el puente medieval de Ribadiso, junto al río y el antiguo Hospital de San Antón hoy convertido en uno de los mejores albergues de todo el Camino de Santiago.

En la puerta del albergue conocemos a Tom, un señor irlandés con una pequeña mochila y una sonrisa marcada a fuego en su cara que viene desde Pamplona haciendo el camino y de nuevo la pregunta:

¿Qué mueve a un Irlandés, de Dublín, a realizar el camino?

Allí tenían pensado dormir mis amigos pero ya pasaban las cuatro y media de la tarde y el albergue estaba completo.

Claudia recoge su mochila que había enviado directamente al albergue la carga con mucha dificultad y proseguimos nuestro camino con la intención de que una vez llegados a Arzúa encontrásemos un lugar para el descanso.

En ese momento me doy cuenta de que el camino en si tiene el atractivo de empezar cada mañana sin saber donde vas a dormir y que en cualquier albergue tendrás cobijo pero este año santo es distinto, no hay sitio en ningún lugar, llevo viendo a gente dormir en el raso desde el primer día y llego a la conclusión de que dejar reservado con antelación tu cama en albergues privados o pensiones es la mejor opción para hacer un camino tranquilo, disfrutando y sin lugar a la sorpresa.

Ya en la subida a Arzúa voy observando a Claudia que con bastante dificultad apenas puede alcanzar un paso tras otro y le propongo que me ofrezca su mochila para portarla, ella en un principio no acepta mi propuesta porque sabe que mi espalda viene algo castigada de días anteriores pero ante mi insistencia provoca que ceda y yo la porte.

Aquella mochila era bastante pesada, por encima de la media que establece que no debe de pesar más del diez por ciento de tu peso corporal y era normal que ella lo estuviese pasando mal.

Mi conversación con Silvia, la chica italiana de la que hablé días atrás, hace más liviana el final de la etapa contándome lo maravilloso y auténtico que es el camino desde Roncesvalles y lo que duda en hacer una vez llegue a Santiago, si dar por terminado el camino o continuar hasta el Cabo de Finisterre y quemar allí su ropa.

Que diferencia de caminos, siendo el mismo fin pero distintas formas.

Un lento caminar nos lleva hasta la entrada de Arzúa, son cerca de las seis de la tarde y la avenida de Lugo se hace interminable después de casi treinta kilómetros y once horas de etapa.

Legamos a Casa Carballeira con la esperanza de que Lucrecia tuviese alguna habitación para José Antonio y Claudia, los presagios no eran buenos pero por esas cosas que tiene el destino quedaba una habitación disponible que horas antes había desalojado una peregrina valenciana que por motivos de salud se vio obligada a abandonar el camino.

La confirmación de la señora Lucrecia provocó la alegría y la emoción de todos, especialmente en Claudia, la más sacrificada posiblemente de esta etapa.

Hay que ser una gran mujer, hay que tener una fortaleza física y emocional muy grande y un espíritu de sacrificio brutal para sobrevivir a una etapa como esta en las condiciones físicas que mi hermana colombiana lo hizo.

Mis felicitaciones Claudia por tu demostración de valor que hago extensible para todas aquellas personas con las que me crucé en el camino y apenas podían dar un paso tras otro.

Ellos, vosotros, sois los verdaderos héroes del Camino de Santiago, a los que nos respetan las lesiones, las ampollas o los que emprendemos la ruta en condiciones físicas optimas solo somos espectadores del esfuerzo, devoción y voluntad que otros hacéis.

Me quito el sombrero ante ustedes peregrinos.

Lo que quedaba de tarde, descanso, tranquilidad, paseo por el pueblo deleitándonos con el “Asturias patria querida” acompañado de armónica que dos peregrinos cantaban en un bar junto a la parroquia mientras bebíamos una clara con limón y la extraordinaria cena que Lucrecia nos preparó a base de arroz con gambitas, sopa casera, tortillas de queso de Arzúa, y postres elaborados en la factoría del placer al paladar que es la cocina de esta extraordinaria gallega que permitió que todos pudiéramos tener un techo donde dormir aquella noche a poco más de cuarenta kilómetros para abrazar al Apóstol.

Claudia, recuerda que tenemos que vernos en Bogotá…

9 de noviembre de 2010

Una tarde en Frigiliana

Aquí, de lunes, después de tomar un café con una amiga en un día de esos que esperas que sea especial, y no por recibir una desagradable noticia tiene que dejar de serlo, y a la espera de ver a mi socio “brasileño” Rubén, al que hace más de un año que no tengo el placer de abrazar hago tiempo visualizando ofertas y ofertas de trabajo en internet para recuperar unas fotos y escribir algo de mi corta pero interesante visita de hace unos días a Frigiliana.

A veces crees que un día no te aportará nada interesante y que todo parece que no será muy diferente a lo que esperas pero en cualquier momento tu compañero o compañera de viaje se le ocurre porque no visitar algún lugar cercano a donde te encuentras del que recuerda que le han hablado bien y una tarde que no pasaría más allá de tomar un simple café en la terraza de cualquier bar puede convertirse en una agradable experiencia.

Esa es la verdadera experiencia de viajar, buscar salir de la rutina habitual que lo único que podría hacer es restar y dejar paso a la rutina agradable y satisfactoria que lo que hace es sumar.

Construir.

Eso me ocurrió hace poco más de una semana con la visita a Frigiliana, pueblo de la Axarquía malagueña que te cautiva en su casco antiguo con sus estrechas calles y su maravillosa arquitectura típica de pueblo andaluz, sus cuidados jardines y su limpieza exquisita.

Allí tuve uno de esos momentos místicos de los que tanto me gusta disfrutar en mis viajes sentado en uno de los últimos escalones de la calle de la Amargura viendo a un par de niños vender calabazas, chuches y tebeos para sacar unos centimillos y poder comprar alguna máscara para la inminente noche de haloween que llegaba.

Sentado como veinte minutos con la mejor compañía posible, recordando, sintiendo, disfrutando del lugar y el momento o imaginando entre otras cosas como será la leyenda esa de la que me hablaron entre un sacerdote y una viuda en el vecino pueblo de Maro que se conocieron una mágica noche en la Fiesta de la Castaña y quedaron tan cautivados e impresionados el uno del otro que el hábito y el luto quedaron aparcados para dar paso a una bellísima historia de amor.

Y es que ni el hábito hace al monje ni el luto a la viuda.







6 de noviembre de 2010

Mi Camino de Santiago (VII) - LLegar




Sin duda es esta etapa en la que más tarde me he levantado para iniciarla, prácticamente ningún bar de Portomarín abre antes de las siete de la mañana con lo cual eso provoca que hasta las ocho no inicie mi andar en busca de Palas de Rei.

Y a las ocho no por tomarme el desayuno con calma o porque ya a esa hora y hasta los tres primeros kilómetros lloviese sino porque en la “Cafetería Arenas” la chica que atiende se toma con bastante pasividad eso de servir desayunos. Ella dirá que los que tienen prisa por salir son otros y que si quieres esperas o si no te vas sin degustar los recién hechos y deliciosos croissants que te sirven en este bar junto a la plaza del pueblo y bajo los húmedos soportales que sirven de techo para las mochilas de los peregrinos que dentro del local cargamos pilas a base de cafés, zumos y bollería francesa.

La espera bien merece la pena, el desayuno fantástico y no exento de las primeras risas y carcajadas del día provocadas por la excéntrica camarera que en el fragor de la batalla por atender a la masa confunde agua con laura, laura con tostadas y tostadas con zumo.

¡Qué me liao!

La amable chica se trastorna un poco pero es comprensible en parte debido a que una jauría de peregrinos hambrientos quieren desayunar todos a la vez y ganar unos preciados minutos en el transcurso de la etapa.

Los primeros tramos de la etapa discurren prácticamente paralelos a la carretera LU-633, compañera de peregrinar durante muchas fases del camino, hasta llegar a Toxibo, un poco antes y a la altura de una fabrica de ladrillos donde apenas hay producción debido imagino a la crisis que soportamos, espero que pasados unos meses o años cuando vuelva a releer este capítulo nos hayamos olvidado de esta lacra social llamada crisis que tantos cadáveres está dejando a su paso y que tanto desempleo y carencia de bienestar está provocando entre todos.

Perdón por el discursito.

Volviendo a la fabrica de ladrillos, allí como sin esperarlos se me cruza por delante una ardilla que como dueña y señora de la senda la atraviesa como si tal para encaramarse en un árbol y colocarse sobre una rama para ser privilegiada observadora del caminar de tantos peregrinos que a estas alturas de camino hemos perdido la esencia de días atrás.

No voy a negar que no me causo sorpresa ver a aquella ardilla en el camino pero reconozco que mi verdadera ilusión era ver a la primera ardilla de mi vida escalar un olmo en Central Park en Nueva York.

A falta de pelas para ir a Niuyor como dice mi amigo Octavio Sáez me quedo con la escena vivida en los bosques gallegos aunque queda pendiente el viaje a Estados Unidos como ya hemos hablado compañera.

El camino empieza a llenarse y apoderarse de excursionistas, de asociaciones, clubes y grupetes de amigos que identificados con camisetas todas iguales y pañuelos de color alrededor del cuello, bordones de avellano barnizados con punta de metal y riñoneras empiezan a invadir la ruta para convertirla en lo más parecido a una procesión de Semana Santa en la que pudiéramos cambiar pañuelos por antifaces con capirotes y cirios por bastones.

Bueno yo diría que más que una procesión de Semana Santa podría ser una auténtica romería a la ermita de San Cacerolo el Casto, por no nombrar a ningún santo que al menos yo conozca y así evitar que nadie se ofenda.

Mira que si ahora Cacerolo el Casto, fue elevado a los altares y yo ni me he enterado.

Uf, pues que me perdonen sus devotos si así es.

Sigue mi camino, con escasa dificultad, hasta alcanzar la Sierra de Ligonde que sirve como bastión del Río Miño y Ulla pero antes y tras la dura subida asfaltada de Castromaior alcanzo el ecuador de mi camino en un punto que establezco entre el kilómetro setenta y ocho y ochenta, allí hago una parada para observar como durante casi dos jornadas de lluvia los prados empiezan a tornarse color verde y alcanzan el esplendor que demando durante días. Para mi, llegar la mitad de mi camino supone un momento tan significativo o más que haber llegado el día anterior al kilómetro cien.

De allí, de mi mitad, de mi cincuenta por ciento de ruta hasta llegar a Ventas de Narón donde con un fortísimo dolor de espaldas decido parar a descansar y comer algo en “Casa Molar” un tranquilo bar y albergue donde al entrar se escucha como desde la cocina alguien no para de batir huevos como si tu propia madre estuviese allí esperándote para prepararte un exquisito bocata de tortilla a la francesa con chorizo en pan de leña que devoro y sigo de otro de lomo adobado que me quitan los dolores de espalda, de pies y me dan toda la fuerza necesaria para continuar.

Con dos bocatas en el cuerpo alcanzo el Alto de Ligonde con unas vistas maravillosas y de allí una tímida bajada hasta Airexe con la obligada parada ante el Cruceiro de Lameiros, una joya de granito esculpido que representa el calvario y muerte de Jesús y la maternidad y la vida a través de su Madre.

Maravilloso enclave que muchos pasan de largo sin detenerse a observar esta incalculable obra con más de trescientos años que nace de un bloque de granito en bruto y que fue parada imprescindible para aquellos peregrinos que siglos atrás marchaban por donde hoy lo hacemos nosotros.

Poco a poco va terminando la etapa pero como nada ocurre por casualidad, camino de Airexe mientras estiramos las piernas en una muralla de piedra junto a la iglesia de Santiago veo como aparece subiendo con un andar característico y sincronizado José Antonio.

Reconozco y no oculto mi alegría por volver a ver a la persona que el día anterior tuvo ese bello gesto de cordialidad y que tras saludarnos decidimos continuar el camino juntos.

Le pregunto por Claudia y al parecer viene unos cientos de metros por detrás bastante perjudicada con ampollas en los pies y algún inicio de tendinitis.

Es curioso porque mi firme intención al iniciar la ruta jacobea era empezar y terminarla solo, para encontrar mi verdadero camino interior, a mi mismo, activar mi espiritualidad y sacar toda la bohemia y la mística que un ser humano lleva dentro pero no puedes evitar que hay gente con la que te cruzas antes o durante la ruta jacobea que te obligan a no dejar pasar la oportunidad de compartir esta experiencia de una manera única y maravillosa sin renunciar un ápice a tu objetivo primero.

José Antonio, Claudia o tú sois algunos de esos ángeles que me ayudaron a encontrar el auténtico camino, el que pocos logran alcanzar.

Unos el camino de la amistad eterna y otros el de esta bonita enfermedad que es el amor.

Así juntos continuamos varios kilómetros hasta que mi amigo madrileño decide bajar el ritmo y esperar a Claudia en un nuevo gesto de compañerismo.

Eres un crack.

Mi fuerte dolor de espalda obliga a que decida continuar hasta el final de mi etapa en Palas donde llego casi con la hora pasada de la comida. Allí tengo alojamiento en “Casa Curro” pero no puede ofrecerme mesa para comer ya que un grupo de excursionistas Segovianos han cerrado el comedor, no obstante amablemente me dice, que en el caso de no encontrar lugar donde yantar, pasadas las cuatro me sume a la comida del personal de la pensión.

Buena gente hay por Galicia, carallo…

No hizo falta ya que afortunadamente di con “A Nossa Terra” un lugar magnífico para comer donde no sirven menús de peregrinos y que tras deleitarme con una perolada de raxo (pinchitos) y la mejor empanada que probé en todo el camino apenas pagué nueve euros y comí como un señor y de premio un maxibon helado de postre.

El resto de la tarde la aprovecho para hacer la colada en el albergue público, comprar algo para cenar en el super y dar una vuelta por el pueblo esperando en el kilómetro sesenta y cinco a que el sol se ponga en el horizonte compostelano.

Mi espalda sufre y dudo si llamar a los transportistas de mochilas para que porten mi bagaje la próxima etapa. Reconozco ser enemigo de este tipo de gestiones pero llevo pensándolo un par de días.

No hubiese llamado lo tenía decidido, sin dolor no hay gloria, pero me encuentro cenando en la pensión a mis amigos Alexis y Ana que tras comentar mi situación y el dolor que padezco vuelven a darme un sabio consejo, Ana me dice:

“Antonio, el verdadero objetivo es llegar a Santiago, no importa como, con mochila o sin ella, si necesitas desprenderte de lo innecesario hazlo, no importa lo que tardes si una semana o tres años, lo verdaderamente importante es llegar en el mejor estado de salud posible pero…LLEGAR.”

Antes de subir a cenar a mi habitación llamé a “Mochila Express”, después preparé un par de sándwiches para cenar antes de meterme en el sobre.

29 de octubre de 2010

"Mañana voy a verte"

Pasan las tres de la madrugada de un frenético día que empezó hace casi diecinueve horas y en apenas nueve o diez más mi vida sufrirá un importante cambio.

Hoy trabajé en un local vacío que parece un hospital abandonado, con apenas una cajonera y una silla como compañeras de trabajo, recojo mis cosas para acomodarlas en otro sitio, comí en casa de unos amigos que los considero como familia y a los que agradezco todo su apoyo, jugué mi partido de fútbol de los jueves (ganamos 6-2), cené con otros amigos, me fui de copas con ellos y reí, reí sin parar, desde el primer minuto de la cena hasta el último segundo de mi despedida y no me he parado a pensar que quizás sea el último jueves que juegue con ellos, no pensaba eso, pensaba en lo maravillosa que puede ser una vida en la que un día arrancas con tristeza pero que puede acabar con la mayor de las sonrisas en tu rostro.

Finalizo una etapa profesional, mejor dicho, modifico mi etapa profesional pero la mezcla entre ilusión y tristeza es una agridulce sensación que a medida que se van consumiendo las horas va tomando más dulzor que amargor.

En esta experiencia que es mi vida lo he vivido casi todo.

Estuve arriba tocando el cielo y baje al fango, gané mucho dinero y también lo perdí, me robaron y robé, conocí el amor y el desamor, la necesidad y la opulencia, la amistad y la traición, la salud envidiable y la enfermedad no deseada, el frío y el calor.

Y es curioso pero cuando más feliz he sido y más feliz soy es cuando menos tengo porque quizás sea, utilizando el tópico, cuando menos necesite.

Y siempre en esos momentos en los que estás tocando suelo, aparece un ángel de la guarda que te impulsa y te hace resurgir de tus cenizas como el Ave Fénix.

Nunca di un paso atrás y aquellos que me conocen saben que si alguna vez lo di fue para coger impulso pero nunca para retroceder.

Siempre me ocurrió y espero que ahora se repita.

Aunque ahora un ángel diferente lleva ya meses batiendo sus alas a mi alrededor ofreciéndome todo o más de lo que el guardián de otras veces me entregó.

Ese ángel que tiene el don de aparecer cuando mas lo necesito y la virtud de entregar la palabra adecuada en cada momento, un ángel que creí que no existía.

Un ángel que la adversidad la convierte en oportunidad, la oscuridad en bendita luz, que la pobreza emocional la transforma en riqueza pasional o que con solo una mirada es capaz de transmitir todo un mensaje lleno de aquello que necesitas y a la misma vez provoca que te vacíes de todo aquello innecesario y que no aporta absolutamente nada en tu vida.

Un ángel que toco, que veo, que oigo y que siento.

En otro momento de mi vida quizás ante la situación personal que se presenta estaría lamentándome o maldiciendo lo que puede avecinarse, pero ahora no.

Ahora soy de esos que miro el futuro de reojo, el presente con mirada fija y al pasado casi que no me llega ya la vista.

Uno no puede renunciar a su pasado, ni puede valorar el pasado de nadie. El pasado es el que es, el párrafo anterior que has leído, el pasado es lo que hiciste ayer y está ahí, no lo podemos apartar de nuestra vida y a veces, como dice un buen amigo mío: AL PASADO TIERRA.

Y en ello estoy, enterrando mi pasado, pero mi pasado no deseado, mi pasado que no aporta nada a mi presente y menos a mi futuro. Y recordando con timidez aquel pasado que sumó y no restó.

Ahora quiero disfrutar cada minuto de mi vida, pasando de puntillas y sin hacer daño a nadie como siempre he hecho, porque cuando alguien se ha sentido dañado por mi no ha sido con la intención de provocar ese dolor, ha sido porque esta puta o maravillosa vida, según se mire, pone situaciones y circunstancias ante nosotros que pueden ocasionar tanto dolor como satisfacción.

Agradezco a todos los que están, y no anhelo a los que han desaparecido porque un mal momento en la vida es el mejor filtro para saber el lugar que cada uno ocupa.

No puedo con esas personas de “a ver si quedamos mañana” y elogio, admiro y quiero a las de “mañana voy a verte”.

No utilizo esa estúpida frase de “empiezo una vida nueva”, no.

La vida es la misma, la que te toca vivir, la que a veces tu eliges como quieres vivirla, lo único que cambian son las circunstancias que la rodean.

Circunstancias de la vida, porque nada ocurre por casualidad, todo sucede por algo.

Así que no empiezo una vida nueva, sencillamente continuo viviendo la que me tocó disfrutar pero de manera distinta, como si fuera un sueño.

Ya lo escribió Calderón de la Barca en su obra “La vida es sueño”, posiblemente la persona que mejor haya definido a la vida, y decía:

¿Qués es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión.

Una sombra, una ficción,

y el mayor bien es pequeño,

que toda la vida es sueño,

y los sueños, sueños son.


Pues yo me apunto a soñar y si es contigo mejor será nuestro sueño…

***


I'm in the arms of the angel...


27 de octubre de 2010

Mi camino de Santiago (VI) - Nada ocurre por casualidad


“Sin dolor no hay gloria” o “el dolor es temporal, la gloria es eterna” son algunas de esas frases que cuando llegas a Santiago ves serigrafiadas en cientos de camisetas a la venta en sus tiendas de souvenirs y es verdaderamente cierto el significado tanto de la una como de la otra.

Ya van más de cuarenta kilómetros andados, más el ajetreado viaje hasta O Cebreiro y mis piernas responden a la perfección. Cero roces, cero ampollas, pero en la mañana de hoy noto como una zona de mi espalda avisa de que algo no está funcionando demasiado bien. Desde la noche anterior tengo un pinchazo que me preocupa y no esperaba nada parecido.

Mi mochila no pesa más de ocho kilos y mi manera de transportarla está siendo la adecuada pero… maldita espalda, aparecen los dolores.

Ya mi cabeza empieza a rallarse un poco con todo lo que queda por caminar, con la opción de transportar el peso con los “mochileros express” o con lo peor de todo que después de casi veinte años como costalero de la Semana Santa sevillana empiecen a aparecer las secuelas de tanto esfuerzo acumulado.

O será la edad…

Pero dejo a un lado el dolor de mi espalda, vuelvo a cargar la mochila y pongo rumbo a Portomarín a la hora justa para ver amanecer desde Barbadelo.

Subo unas callejuelas desde la Rúa San Lázaro para llegar al Convento Trinitario de la Magdalena y desde allí bajar junto a la tapia del cementerio municipal hasta llegar a las vías del ferrocarril cerca del Río Pequeño donde el graznido de los cuervos es el único sonido que me hace compañía.

Unos metros más adelante empieza un fuerte repecho que será continuado con moderación hasta llegar al prado de Barbadelo pasando antes por las aldeas de As Paredes y Viles.

La lluvia aparece y se desvanece por instantes como queriendo ser protagonista de la etapa aunque de momento no posee más que un papel secundario.

Ha pasado aproximadamente una hora desde el inicio y los primeros rayos de sol asoman a espaldas de los peregrinos que empiezan a crecer en aumento debido a que ya desde Sarria el incesante goteo de caminantes crecerá de manera considerable.

Y allí me paro durante unos minutos a observar la maravillosa vista que tiene ver nacer el nuevo día en el llano que queda entre la Iglesia de Santiago de Barbadelo y el albergue. También observo a los peregrinos que pasan por aquel entorno sin ni tan siquiera pararse para disfrutar de tan bella estampa y pienso en que mucha gente entiende el camino como una carrera para ver quien llega antes a su destino sin disfrutar de la cantidad de fotografías visuales que ofrece la ruta compostelana.

Quizás por eso yo tardaba tanto en finalizar mis etapas, por eso la media que yo tenía era de no más de cuatro kilómetros hora, pero también puedo decir y aconsejo a todo el que pretenda hacer el Camino que lo disfrute, que lo experimente y que exprima cada rincón que le ofrece porque no sabemos si volveremos a repetir esta experiencia otra vez en la vida.

Tras sentir la llegada de los primeros rayos del sol y viendo como la lluvia iba a tardar en llegar me salgo del camino unos metros para realizar algo que deseaba enormemente y que a algún experto caminante le leí tiempo atrás. Me acerqué a la Iglesia de Barbadelo y la contemplé con serenidad, con toda la paz y sensibilidad que acumulaba de días anteriores y allí me quedé durante varios minutos disfrutando de su románica estética. Este momento lo viví acompañado de una chica de aspecto anglosajón que sentada en el banco de piedra frente a la fachada de la iglesia y apoyada sobre su bastón visiblemente emocionada parecía estar viviendo con la misma emoción que yo aquel instante lleno de mística y espiritualidad.

Sincronizando nuestros movimientos nos levantamos y emprendimos de nuevo nuestro camino observando como decenas de peregrinos continuaban camino arriba ignorando que dejaban a un lado uno de los lugares más emblemáticos y maravillosos de toda la ruta jacobea y que piedra a piedra allí se mantiene desde finales del siglo doce.

Una mirada cómplice entre ambos, como orgullosos de haber sido nosotros los que vivimos aquel momento siendo testigos mutuos de nuestro deseo o nuestra plegaria. Quien sabe.

Antonio, dije yo. Elizabeth, respondió ella. Buen Camino nos deseamos…

Desde allí, y acompañado de campos de trigales convertidos a verde color gracias a la lluvia del día anterior, con un ritmo tranquilo, con la espalda dando signos claros y evidentes de que algo no funciona bien me dispongo a buscar el tan ansiado kilómetro cien del camino que aparece en mitad de una senda antes de llegar a Morgade.

Pobre mojón, desgraciado hito kilométrico, todo lleno de pintadas, de graffitis, tan cargado de piedras, de banderitas de distintos países pero que aun así simboliza y significa tanto que si un paso antes de llegar a él pisabas camino santo y no lo abandonas hasta el Obradoiro tu esfuerzo podrá ser recompensado con tu carta compostelana.

Es curioso pero me decía Silvia, una chica italiana con la que coincidiré en Arzúa días más tarde, que inició el camino a pie desde el pirineo que para aquellos que llegaron a ver el kilómetro ochocientos, setecientos, seiscientos, etc.… el echo de ver como las indicaciones pasan a ser de tres a dos dígitos significaba muchísimo para ellos y que la cuenta atrás verdadera se iniciaba en ese punto.

Silvia también me hizo saber que el verdadero camino de Santiago finalizaba en Ponferrada y que a partir de esta localidad leonesa todo era una verbena y un puro negocio sin espíritu peregrino alguno.

Demasiado extremista el comentario pero digno de analizar.

La idea que tenía era hacer el desayuno fuerte sentado frente al mítico kilómetro pero la lluvia hace acto de presencia y provoca que continúe mi camino. Un fuerte aguacero me sorprende y me obliga a parar unos cientos de metros más adelante en Morgade.

Un buen sitio para desayunar repleto de peregrinos, no cabía un alma, la barra a tope, el salón más aún y la improvisada cuadra que hacia las veces de terraza llena de fumadores.

Allí en la parte de atrás, Agustín, Tito y compañía, evidentemente no me los iba a encontrar en Barbadelo meditando.

No hay sitio, pero el buen ambiente que Enrique, un veterano peregrino con unas botas salomon con más de mil kilómetros en sus suelas, estaba creando en aquel salón provocado por la media docena de chupitos de orujo que llevaba y los bocadillos que asomaban en los platos de los presentes me obligan a quedarme en aquel lugar.

Y que verdad es esa frase tan leída por distintos rincones del Camino que dice “nada ocurre por casualidad”. Allí en una mesa casi escondida junto a unas escaleras, cuando ya parecía que abandonaba la venta y seguía mi ruta sin parar a desayunar se produce uno de los momentos más significativos de mi experiencia en el camino.

En aquella mesa estaban sentados dos peregrinos, un chico y una chica.

En esa mesa había hueco, el chico con un gesto de amabilidad me ofrece asiento y me dice que comparta mesa con ellos. Yo gentilmente accedo a su invitación y me descargo la “pesada” mochila para sentarme y reposar un poco.

Ese momento, ese preciso detalle marcará mi camino, marcará mi experiencia y provocará que el significado de la palabra generosidad adquiera su máxima expresión en sitios como el Camino de Santiago.

Él, José Antonio, de Madrid.

Ella, Claudia, de Bogotá, Colombia.

Claudia, colombiana si, desde Bogotá hasta Galicia para hacer el camino, y yo me pregunto: ¿Qué puede mover a una persona a hacer miles de kilómetros y atravesar océanos para vivir esta aventura? ¿Qué tiene el Camino?

En ese preciso instante y sin saberlo aún, porque son muchos los compañeros con los que te cruzas en el Camino, ha nacido una amistad verdadera, inquebrantable y que significará un antes y un después en el resto de la ruta y hasta el último minuto de mi vivencia Jacobea.

No obstante, termino de desayunar y me despido de ambos pensando que quizás no volvamos a vernos, pero “nada ocurre por casualidad”, ¿verdad José Antonio?

Algo más de diez kilómetros pasando por varias aldeas y esperando al tramo final de la etapa que desde Mercadoiro se convierte en un bonito descenso hasta llegar a los pies del embalse de Belesar. Desde allí las maravillosas vistas del Río Miño hacen de guardián de un Portomarín que asoma coronado por su iglesia fortaleza al otro lado de la orilla a la que habrá que cruzar atravesando el largo puente que une ambos márgenes del río para entrar en la ciudad subiendo las escalinatas del antiguo puente romano.

El cansancio es visible, la etapa ha tenido frío, calor, lluvia y sol.

Pasadas las tres de la tarde llego a mi pensión, dudo entre meterme en la cama y ver cuando despierto o ducharme y bajar a comer. Mi estómago responde a la duda.

Allí en el restaurante Portomiño me siento y escucho una voz con acento franchute que dice, ¡Antoooooonio!

Era el gran Alexis de Biarritz ya terminando una tarta de santiago de postre que compartía con Ana, me saluda y comentamos cositas de la etapa no sin antes aconsejarme que pida un plato de pimientos de Gomar, no de Padrón, de Gomar.

Y eso hice, los pimientos, un plato combinado de patatas fritas, huevos y chistorras, botella de Ribeiro y tarta casera.

Buena comida en Portomiño aunque el servicio y el trato dejaba que desear. Quiero pensar que la dueña tenía un mal día.

A todos nos puede pasar.

Del copioso almuerzo a la pitra y ya cayendo la tarde voy a ver como el sol se pone desde el restaurante O Mirador. Allí espero que se oculte el astro rey y pido una mesa para probar el delicioso lacón a la plancha que preparan por esa zona.

Esa noche comparto mesa, esa noche vuelvo paseando acompañado bajo los soportales que llevan hasta la plaza de la Iglesia de San Nicolás.

Esa noche encontré el sueño más tarde de lo aconsejado teniendo en cuenta la dura etapa del día siguiente.

Esa noche…

Nota post:

Esperaba a hoy para publicar este artículo y que sirva como regalo de cumpleaños para aquel peregrino que me ofrecio asiento en aquella venta de Morgade.

Felicidades amigo, buen camino. Nos vemos pronto...

25 de octubre de 2010

Mi Camino de Santiago (V) - A quien madruga Dios le ayuda

Seis de la mañana, toca diana y tras unos minutos de preparativos me dispongo a abandonar Casa Simón escuchando a mis pasos el crujir de la madera que sirve de solería de toda la casa, bajo los escalones que desde la primera planta hay hasta el zaguán de la puerta donde una luz tenue ilumina un antiguo mueble que soporta unas guías de viaje, un tarjetero y una cabina de teléfono de monedas.

Pongo pies en la plaza para dirigirme a desayunar pero antes ando unos diez metros hacia mi izquierda para contemplar la torre de la Iglesia de Santiago rodeada por su cementerio y desde el cancel de afuera hago un cómplice guiño de despedida al Padre Augusto deseando que volvamos a vernos.

El tiempo ha cambiado, hace algo de frío y se presagia que la lluvia aparecerá en algún momento de la etapa.

Una vez llegado al final del pueblo donde prosigue el camino dejo la alternativa de iniciar la ruta por Samos a la izquierda y emprendo la ruta en dirección a San Xil, son algunos menos kilómetros, la etapa es más bonita y amena por este sentido y permitirá que conozca Samos de una manera muy particular horas más tarde.

Muy pocos peregrinos atraviesan la carretera, es aún muy temprano y no se atisbará luz del día hasta al menos una hora y media más tarde.

El envolvente sonido que deja el río Sarria, la brisa que mueve las ramas de la arboleda con los primeros cantos de pájaros y el rítmico golpeteo que los bastones de los caminantes dan en la pista de asfalto que lleva hasta A Balsa es la compañía sonora perfecta para deleitarse en este primer tramo hasta llegar a la Fonte dos Lameiros donde ya la luz del día es palpable y permite el reflejo de su gigantesca concha en el agua de la misma. Allí aprovecho para beber el primer trago antes de llegar a San Xil.

A partir de aquí una de las más bonitas etapas de todo mi camino a su paso por las aldeas de Furela o Fontearcuda, los primeros campos de trigales, el cruzarte con alguna experimentada mujer que vara en mano guía su pequeña cuota de ganado por las empedradas sendas antes de llegar a Montán o la vistosidad de los paisajes desde el Alto de Riocabo donde conocí a dos maravillosas personas, Alexis y Ana, una pareja de franceses de Biarritz de apariencia mayor, no menos de sesenta y cinco le echo a cada uno pero con una vitalidad y energía envidiable para aquellos que creemos que estamos en forma. Ya me quisiera ver yo a esa edad con el ritmo que mis amigos gabachos marcaban y haciendo el camino completo desde Roncesvalles (en tres fases durante dos años). No sería la primera vez que coincido con ambos y en cada una de ellas un sabio consejo, en este caso, gentilmente me ofrecen almendras y “uvas secas” como llamaba Alexis a las pasas y me habla de la importancia de alimentarse a base de frutos secos durante el camino debido a su valor energético y vitamínico.

Estratégicamente situado en el kilómetro ciento veinte, antes de llegar a Furela, se presenta Casa Franco un lugar extraordinario para hacer una parada y comer un bocadillo de jamón o de tortilla con tomate mientras estiro las piernas antes de continuar con el descenso hasta Sarria.

Allí vuelvo a encontrarme con la pareja de días anteriores, a ella se le ve algo cansada, reposa sus piernas sobre una silla y bebe una lata de aquarius mientras él le masajea e hidrata los pies parece ser que con vaselina.

Increíble tratamiento el de la vaselina en los pies, que gracias a la experiencia vivida el año anterior en el camino por mi amiga Mercedes ya sabía de su existencia y fue casi lo primero que cargué en mi equipaje. También, curiosamente, muchos peregrinos me dijeron que utilizaban “Vicks Vaporub” como alternativa para evitar el roce en los pies. Lo que está claro es que si no quieres pasarlo mal durante la ruta y que las ampollas no aparezcan o al menos se lo piensen en aparecer es fundamental o una cosa o la otra y si la acompañas de masajes con alcohol de romero mejor que mejor.

Durante todo la ruta Jacobea vas fijándote en distintas personas que de alguna manera pasan a formar parte de tu experiencia, El abuelo y el nieto, Alexis y Ana, la chica coreana, etc., con algunos intimas más, con otros apenas cruzas una palabra, la pareja de la que anteriormente hablaba transmite algo especial, una energía muy positiva, a veces la veré a ella caminando sola, otras veces será a él al que lo vea cargado con su mochila en solitario pero siempre hay un punto en el que vuelven a coincidir y tienen un gesto de cariño mutuo. Ella siempre marca un ritmo muy dinámico, lento y constante que provoca que prácticamente coincidamos en muchos lugares del camino y a él en más de una ocasión lo veré sentado frente a un páramo observando como pastan las vacas o deleitándose viendo amanecer en cualquiera de las etapas, es más a veces y no se porque motivo lo veo incluso en dirección contraria a Santiago.

Un amplio grupo de peregrinos tras el avituallamiento salimos prácticamente juntos en dirección a Furela, en este caso ando como unos treinta metros por detrás de ellos y observo como se detienen en mitad de una vereda, el lanza un tímido beso y le dice algo al oído.

No pierdo detalle de la escena, mi caminar hace que la distancia que mantengo con ellos se aproxime hasta el punto que prácticamente a escasos metros de mí él agarra la mano de su compañera y se adentran por el prado que queda a nuestra derecha hasta ocultarse tras un pequeño bosque de castaños en el que los veo desaparecer…

Nada de particular, pero la curiosidad me invade y paro unos cien metros más adelante a esperar y ver que ocurre, y espero, y no aparecen, y no salen de aquella tupida mancha de cortados trigales, parece como si aquel bosque de castaños se hubiese convertido en testigo de algo o sencillamente los hubiera absorbido.

Algo especial ocurrió en aquel punto del camino, algo de lo que fui testigo indirecto como de tantas escenas vividas, algo que seguro quedará en la memoria de sus protagonistas para siempre.

Yo prosigo mi camino hasta Sarria donde nada más entrar aparece la lluvia por primera vez poco antes de llegar a mi albergue y es el momento en el que entiendo el verdadero significado del refrán que dice “a quien madruga Dios le ayuda” porque de haber salido media hora más tarde al inicio de la etapa hubiese cogido una mojada sencillamente espectacular.

El día parece que quedara cubierto por la lluvia, esa “chuvisca galega” que no cae a chaparrones pero cala y moja como el mayor de los diluvios.

Llego a las puertas del Albergue San Lázaro a solicitar mi cama para descansar donde me atiende amablemente Marisa, su propietaria, una excelente y atenta persona que se encarga de todo lo que necesites haciendo suya tu inquietud o necesidad.

Le pregunto que me apetecería mucho comer en algún sitio especial fuera de lo habitual del menú peregrino a diez euros y me recomienda que visite una feria del pulpo que está establecida casualmente ese día en el mirador de Sarria junto a la Magdalena y bendita sea tu recomendación Marisa porque gracias a ti y tu sabio consejo probé en aquella pulpería ambulante el mejor “pulpo a feira” que mi paladar haya deleitado jamás.

Bajo unas carpas portátiles, varios despachos, señoras preparan el bicho en ollas de cobre, yo sentado en una bancada de madera con la mesa a juego, con media barra de pan, una servilleta, un vaso, una tabla de pulpo con sus palillos de madera estocando los tentáculos del octópodo y con el sonido de la lluvia como orquesta golpeando la lona a ritmo de muñeira me sentí como en el mejor restaurante del planeta. A veces no es necesario reservar mesa en El Bulli para uno sentirse un privilegiado del placer de compartir y disfrutar mesa y mantel.

De entre varias de las gestiones que Marisa me agenció una de ellas fue localizarme a Manuel para ir a visitar Samos y su monasterio.

Y a las cuatro y cuarto de la tarde, como un reloj apareció por la feria del pulpo Manuel con su taxi para recogerme y trasladarme hasta la localidad vecina.

Es Manuel un tipo muy peculiar, de esos que han ido marcando mi camino, un galán maduro, filósofo vocacional, con muchas tablas en la vida y con una conversación permanente en la que no dejan de aparecer sus virtudes como conquistador de féminas, anécdotas de su experiencia por Alemania o un conocimiento absoluto del Camino de Santiago, es más, ha sido a la única persona a la que oí decir que a partir de la subida a O Cebreiro debería de estar prohibido cargar con mochilas ya que ha conocido en su taxi más de un abandono y traslado al aeropuerto de Santiago de algún peregrino que llegando a Sarria se vio obligado a abortar la ruta a causa de las lesiones y tendinitis provocadas por ese tramo de etapas que finaliza o comienza en O Cebreiro días antes.

Manuel me deja en la misma puerta del Monasterio de Samos donde a las cinco de la tarde tengo pensado realizar la visita guiada del edificio. Allí nos recibe al grupo de peregrinos el Padre Agustín, un simpático monje con más de sesenta años de vida monacal y que convierte los minutos de espera antes de la visita en un constante ir y venir de chascarrillos para agrado de los presentes.

Y la visita pues como todas, guía oficial de manual, la vida y obra de San Benito y un agradable paseo por las dependencias de la abadía que bien merecen la pena a cambio de tres euros la entrada.

Aunque para mi la belleza de este edificio no está intramuros, aún teniendo en cuenta que el claustro de Feijoo, su parroquia, la botica, etc… son dignos de admiración. Al menos yo de lo me quedé fascinado es de su exterior, de su enclave dentro de un entorno maravilloso, rodeado por el río Sarria que sirve de hábitat para decenas de gansos y peces o de la majestuosidad del edificio desde la perspectiva que te ofrece un pequeño mirador pegado a pie de carretera.

La gran mayoría de peregrinos llegan a Sarria por la ruta vía San Xil pero considero que es imprescindible visitar Samos aunque sea de la forma y manera que yo lo hice ya que el tramo que hay desde allí a Sarria andando puede convertirse en eterno prácticamente pegado durante kilómetros al arcén de la carretera comarcal.

A la salida del monasterio me esperaba Manuel con su taxi para iniciar el camino de vuelta a Sarria pero antes se digno a invitarme a un delicioso café en la Taberna Abadía donde fui testigo de una simpatiquísima conversación entre castellano y galego donde él hablaba constantemente con otra compañera del gremio mientras Mariano, propietario del negocio, hacía de moderador y aclarador de todo hacia mi persona.

Tras el debate tabernero emprendimos el regreso hasta el albergue, no sin antes ofrecer su amistad eterna y su casa para la próxima vez que visitemos su ciudad.

Gran personaje Manuel, buen tipo y lo mejor de todo es que se pegó toda la tarde conmigo a cambio de poco más de veinte euros que probablemente fue los que se gastó en el bar de Samos entre las rondas que invitó y el tiempo que estuvo esperando.

El resto de la tarde aproveché que las piernas aún me funcionaban para visitar Sarria, atravesar la Rúa Mayor repleta de albergues y peregrinos en chanclas, comprobar el trasiego de esta localidad debido a que es prácticamente el inicio de muchos caminantes por su situación a poco más de cien kilómetros de Santiago lo que te permite poder obtener la compostela que certifica tu peregrinación, visitar la Parroquia de Santa Mariña, el Salvador y comprar algo en el super para la cena en el salón del albergue.

La noche me sorprende, son casi quince horas las que hace que me levanté, hoy no ha habido siesta, Samos lo merecía, y aprovecho para instalarme en una mesita del albergue para comer un par de sándwiches con un refresco mientras veo el telediario y empiezo a tomar parte de la conversación que un grupo de peregrinos tienen comentando sus primeras impresiones acerca de la ruta.

Parecen gente guay, dos chicas comiendo en una mesa, tres colegas de Madrid que ya sabían de que iba esto de la ruta jacobea, un tío grande y fuerte con voz grave con su pareja que parecen también madrileños y un extremeño que había empezado solo el camino somos los invitados a aquel improvisado banquete que cada uno preparaba a su gusto y manera.

Es la primera vez que coincido con ellos, no será la última, pero quitando aquel momento de tertulia en el albergue antes de ir a la cama, nunca coincidí con ellos en ninguna parroquia, ni en ninguna misa, que casualidad.

Eso sí, no pasaba por una taberna que no estuvieran por allí sentados Tito, Pablo, Agustín, Javi, Tomás y compañía…

17 de octubre de 2010

Chaouen, la perla añil de Marruecos


Quizás el tiempo no haya sido el mejor durante mi estancia en Chefchaouen pero no importa, las horas de tregua que tras las primeras aguas dieron fueron suficientes para disfrutar y deleitarme de esta mágica ciudad marroquí que tantas influencias andalusíes posee y que cada rincón de su medina ofrece.

Es Chaouen de ese tipo de lugares que una vez visitado situarías posiblemente y de manera clara como uno de los destinos más bonitos e interesantes que has conocido, una ciudad de una belleza sin igual, con una mezcla de colores donde predomina el azul añil con el blanco de la cal y guarda mucho parecido con rasgos de pueblos blancos gaditanos o con rincones de la alpujarra granadina.

Sus estrechas y serpenteantes calles repletas de gente y de niños se tornan en un laberinto azul y blanco que provoca que a cada golpe de vista que des encuentres algo maravilloso que observar o la fotografía perfecta y soñada.

Entrar en su medina desde la Plaza de Outa Hamman es como transportarse al estilo de vida de siglos y décadas pasadas donde la venta tradicional artesanal es habitual en cada recoveco, el olor a madera de los talleres de ebanistería, la leña ardiendo en los fogones de sus baños, el calor que sale de muchos espacios convertidos en hornos de pan y obradores, el aroma de la miel tostada para elaborar y cubrir pasteles y pastas, la fuerza de la fragancia de las acuarelas de las decenas de talleres de pintura, los curtidores dejando ese olor característico que ofrece la piel tratada o las mezclas de esencias en sus puestos de especias.

Todos estos sabores y olores en el interior de la ciudad antigua mezclados con los sonidos que dejan las risas y el corretear de los niños por sus empedradas calles o la llamada a la oración que desde los altavoces de los minaretes de sus mezquitas lanzan al cielo musulmán provoca un conjuro que al penetrar en tus sentidos sientes el hechizo cautivador que este tesoro moro transmite.

Pasear por los jardines de la Kasbah y subir a su torreón para observar la villa, tomar un té con pastas junto a la misma Alcazaba y la Gran Mezquita puede ser un momento inolvidable si tu compañía es tan sumamente especial como ha sido en mi caso que ni un fuerte chaparrón altera un ápice el encanto del momento.

Comer con tranquilidad y sosiego en Casa Hicham deleitándote de su cocina tradicional puede ser una experiencia única en un entorno creado con un estilo muy peculiar, adentrarte calles abajo y subir a la terraza de Assada para degustar su magnifico cuscús de pollo o cenar en Darcom con música de B.B. King de fondo sentado sobre cojines y con la mesa a un palmo del suelo son de esos momentos culinarios que se recuerdan por mucho tiempo.

Mi estancia en Chaouen ha sido en el Hotel Parador, estratégicamente situado frente a la medina, un cuatro estrellas venido a menos con las décadas y que con el paso de los años se le cayeron al menos dos estrellas de las que presume tener en su entrada. Lo mejor sin duda la atención del personal de su restaurante y especialmente Miki, el maitre del mismo con varios lustros a sus espaldas trabajando allí y al que agradezco enormemente el detalle que tuvo conmigo aquella noche a la hora de cenar cuando ya el restaurante estaba cerrado.

Gracias Miki, ya sabes, deja de fumar, más de cuarenta años fumando son muchos, creo que va siendo hora de coger unos kilitos que te hacen falta.

En esta, mi penúltima visita a Marruecos, no quería desaprovechar la oportunidad sin adentrarme en la cordillera Rifeña para hacer una ruta a lo auténtico y genuino visitando El Kelaa, una población a unos ocho kilómetros de Chaouen a la que llegamos caminando por Talassemtane donde nos cruzamos con multitud de lugareños camino del mercado de los lunes y pastores que llevan sus rebaños a pastar por el Rif.

Tras una parada en los graneros desde donde las vistas de la zona es inmejorable, podemos apreciar los campos de cultivo de cannabis esperando que vuelva la siembra a crecer y que un par de meses antes eran grandes extensiones de verde grifa ya recogida y que actualmente se encuentra en proceso de trato y preparación para su posterior “consumo”.

Al llegar a El Kelaa, desde lo alto de la loma que siglos atrás defendía la zona de ataques tribales, se escucha un incesante sonido de tamboreo como si de una procesión o celebración festiva se tratase, pero la curiosidad es que a medida que vas bajando a la población observas que salvo una decena de niños y mujeres allí no hay nada que celebrar pero el sonido es cada vez más intenso y cercano.

Y es cierto, no hay nada que festejar, es el sonido al golpear las telas de espuertas de mimbre con hojas de cannabis que sale del interior de las casas de adobe mientras se está extrayendo su resina para posteriormente convertirlo en “chocolate”.

Algún intento hicimos para entrar y ver en directo el trabajo pero la desconfianza creada por otros viajeros en otras ocasiones que aprovechando la hospitalidad graban de manera oculta y la ausencia de los hombres de la casa nos lo impiden mientras las mujeres más ancianas nos invitan a continuar nuestra ruta calle abajo.

Pero aún así, la insistencia de nuestro guía hace que nos reciban en la habitación de una casa para tomar un sabroso té no sin antes atravesar el patio interior de la vivienda donde un burro, una cabra y dos gallinas son nuestros anfitriones antes de que llegaran a hacernos compañía media docena de jóvenes rifeños que con toda la educación y normalidad del mundo comparten con nosotros vasos de té, pipas de kifi, algún que otro “cigarro de la risa” y conversaciones de fútbol (por cierto mucho culé en Marruecos y para mi grata sorpresa todos adoran a Fredy Kanouté) mientras ellos preparan todo el material para iniciar una cadena de elaboración totalmente sincronizada en la que uno pela la hoja de tabaco, otro la prensa, otro la mezcla con el ganjah, el del Barça la corta hasta convertirla casi en polvo y el hijo del propietario de la casa empaqueta la materia en bolsitas de plástico para “consumo propio y regalar a sus amigos”.

Sin duda uno de los momentos más especiales que he vivido como viajero.

Para la vuelta a Chaouen nos sorprende un fuerte chaparrón que provoca que abortemos la opción de volver andando con lo cual cobijados bajo el porche en obras de una casa esperamos a que transporte público pase a recogernos.

Y así fue, paramos a una Mercedes 307D alzando la mano y dando un silbido, mientras subimos por la parte trasera de la misma y compartimos el camino de vuelta con no menos de veinte personas que iban subiendo y bajando constantemente a medida que nos íbamos acercando a Chaouen. Sin duda otro momento fascinante que hubiese pasado a sublime si dentro de la furgoneta hubiesen entrado también un par de cabras o alguna gallina.

He llegado sano y salvo a Chaouen, pasan las horas, paseo por el Barrio de los Lavaderos escuchando su riachuelo bajar y quiero que la última escena que guarde en mi retina sea la caída de la tarde desde el alto de la Mezquita de Jemma Bouzafar desde donde se puede ver el laberinto de calles, el contraste de colores y la mezcla de luces y tonos que deja el sol al esconderse tras las escarpadas rocas del Rif que cobija la ciudad.

Sin duda es un regalo para la vista sentarse allí arriba en compañía de alguna pareja de novios del lugar que apenas pueden cruzar sus miradas ni estrechar sus manos por respeto a sus costumbres y observar como poco a poco va iluminándose Chaouen al tiempo que oyes como la llamada a la oración desde la Gran Mezquita es un reguero de pólvora que corre de minarete en minarete por toda la comarca dejando un eco característico que provoca que la fonoteca que posees en tu memoria se enriquezca de manera única.

Será mi última fotografía visual de Chaouen antes de bajar por la parte alta de la medina ya con la luna creciente como testigo y reconozco que cada vez que visito Marruecos más me atrae y más me motiva la posibilidad de volver a este país tan desconocido para tantos a la vez que carente de interés para muchos cuya ignorancia y prejuicios le impedirán disfrutar de la mundología de un país sencillamente extraordinario.

No hubiese sido este viaje el mismo sin la ayuda y los sabios consejos por adelantado de mi amigo Jesús Botaro, gran persona, magnífico fotógrafo y un auténtico enamorado de Chefchaouen que sirve como el mejor embajador de esta tierra aun habiendo nacido al otro lado del estrecho.

Ya sabes Botaro, tuve la grata fortuna de conocer la ciudad y su entorno en compañía de tu “hermano” Mohamed que me sirvió de cicerone y amigo durante mi estancia mostrándome su ciudad, su tierra, y su gente con todo el cariño y sabiduría que posee.

Gracias Jesús, gracias Mohamed, gracias amigos, gracias hermanos.

Y por supuesto gracias a tí por seguir mis pasos, por compartir otra experiencia de viajar junto a este humilde y pobre aventurero.

Gracias por ser...



(Si no deseas ver las fotos como presentación pincha AQUÍ para ver el albúm en flickr)