Se
acabó el sueño.
Ya
están las fotografías recogidas, en mi casa y a buen recaudo.
Hace
apenas unas horas que se ha clausurado mi primera exposición de fotografía
“Túnez en la memoria” y tengo que reconocer que dos sentimientos deambulan por
mi interior y ninguno de ellos esperaba que aparecieran.
Las
paredes del local han quedado vacías aunque la sala sigue teniendo ese encanto
tan especial. No obstante parece que una vez descolgadas mis fotos todo queda
inerte y sin atractivo alguno.
Cargamos
con todo el material camino del coche por la oscura y tenue calle Andrés Pérez
y lo primero que siento por encima de todo es tristeza.
Si
tristeza. Una mezcla rara que radica en la sensación de que algo que ha sido
para muchos, algo que ha sido compartido con toda mi ilusión, ahora sólo queda
para mí.
Tristeza
porque se acaba algo que ha sido único y maravilloso para este humilde fotógrafo
viajero. Esa sensación que muchas veces he tenido o tenemos en la vida cuando
algo mágico, algo que parece que pueda ser para siempre y que es irrepetible se
termina porque desgraciadamente, casi todo, tiene fecha de caducidad o porque,
sencillamente, tiene que acabar sin más aunque quisieras que fuese para siempre
y de modo eterno.
